lunes, 28 de febrero de 2011

Cuando sea grande

¿Qué querés ser cuando seas grande? Quiero ser Fénix, para que cada vez que me incendie, renazca con toda la gloria una y otra vez, hasta que me toque morir del todo.

Hay días en la vida en que uno descubre, casi como si fuera una sorpresa, que no tiene la vida que le vendieron, o que los demás (??) pensaron para uno. De casualidad o por búsqueda propia, uno mira y ve que la vida es esto, es real, duele (pff y el dolor es lo que te recuerda que estás vivo), es aquí y ahora, es respirar y elegir en este momento. Y no se trata de vivir como librado al azar, sino vivir haciéndose cargo de cada una de las elecciones que uno hace, continuamente. Tampoco es buscar culpas en los otros. Es hacerse realmente cargo.

Ese día, o quizás tiempo después, te das cuenta de que no vale la pena hacer por hacer, por sobre lo que uno quiere realmente. Y no importa lo que otros pueden pensar. Qué carajo importa que te juzguen los demás, si la vida es tuya solamente. Sos vos quien te bancás el monólogo adentro de tu cabeza, las batallas con tus demonios, los patitos que se te ahogan del susto, el miedo que te dan las cosas. No importa lo que sea que otros te martillaron en la cabeza toda tu vida o que solito te llenaste durante años y años. Se trata de desoprimirse, de sacarse la mochila de temas que al pedo te fuiste agregando, de liberarse de la carga de todo eso y hacerse cargo de uno mismo.

Te podes pasar la vida entera viviendo lo que otro eligió, lo que otro pensaba que estaba bueno para vos. Condenado a bancarse en un esquema que sabés que no te va, pero no deshacés. Lo mejor es despertarse de esta locura a tiempo, porque las horas se escapan. Un día te llega la hora, y ese día -inexorablemente- el juego se acaba.

Es mejor pensar en todo lo que soñaste que querías ser, volver a ese momento de inocencia y felicidad, de honestidad y sincericio semi infantil, donde las cosas simplemente eran, sin carga. Yo no quiero lo que me toca. No quiero bancarme aquello que quiero tener y que no tengo. No quiero sufrir en silencio, ni sentir mi invisibilidad una y otra vez.

No quiero la vida que me tocó, la que apareció de casualidad, la que el destino tiró para mi lado. Quiero la vida que YO elijo. Tengo la suerte de tener la posibilidad de hacer el camino como se me canta. A otros se les complica un poco más. Pero ojo, siempre tiene un costo.

Y ese mismo día en que te despertás y te das cuenta de esto, ves que la decisión está dentro tuyo. Que el costo es -la mayoría de las veces- solo tuyo en verdad. Que vos siempre pudiste elegir actuar de otra manera, pero no lo hiciste por miles de razones. Un buen día ves que te puede importar un carajo lo que los demás opinen. Que sí, se puede decidir empezar de nuevo, hoja en blanco. En lo posible, sin cagar a nadie, sin ser una hija de puta, claro. Intentando que los demas sufran lo menos posible. Y haciéndose cargo de las consecuencias de nuestras elecciones.

Yo aprendí que puedo reirme de mi misma. Ver que mis desgracias no me pasan solo a mí. Y si en verdad, tengo la suerte de ser tan única que sólo me pasan a mi (WTF!), reconocer que eso me define y no se trata de un plan macabro para castigarme. Sigo aprendiendo a ser más flexible, a ver cada salto como una oportunidad. A sentir en cada instante donde me llena la incertidumbre que cada falta de precisiones, cada gris, es en verdad un momento para conocerme, para pacificarme en vez de desesperame. Estoy aprendiendo a aceptar mis frustraciones, a encontrarle solución a lo que parece una tragedia sin fin, a aferrarme menos de lo que temo perder.

Yo elegí empezar una vez más (una y otra vez). No invento nada nuevo, muchos tenemos la suerte de poder transformarnos. Mi 2011 me encuentra nadando en aguas diferentes, de vuelta en los orígenes, de vuelta con formas de ver la vida más conectadas con mi esencia. Oficialmente hoy me vegetarianicé (round 2 en mi vida), hace tiempo que medito todos los días, ya no tan esporádico como antes. Vuelvo a la lectura, a escribir, a la reflexión, al juego. A la honestidad brutal, a no encerrarme en mí, a conectarme, a ser un canal.

Ya no escapo. Tengo la suerte de haber encontrado gente que me marca caminos posibles. Gente que quiero agregar a mi clan, gente a la cual quiero cuidar porque valen la pena. Gente que me saca sonrisas y lágrimas (y sí), pero que me da ganas de tener cerca para recordarme que vale la pena todo, lágrimas incluidas. Y si me persigue el pánico, repito para adentro la letanía contra el miedo de la Bene Gesserit y entonces cada vez que siento que estoy por desorientar a mi única neurona disponible, me reconforto sabiéndome en el camino adecuado. Porque ahora sé que no hay destino, es sólo camino.

Técnicamente es aún peor. No pasa por mudarse a otro lado, cambiar de amigos, ser más hippie y tomar tés raros. Porque además de todas esas cosas, mi transformación es porque decidí ser un fénix. Opté por sacar una y otra vez lo mejor y peor de adentro mío, y pelear cada instante, aunque me incendie en el proceso. Basta de temer al incendio. Ya no me da miedo. Si soy fuego, y puedo cambiar el mundo a mi manera, entonces, seré un fénix, y con los años (e incendios) vendrán las herramientas para que revivir sea aún más fácil.

No voy a perder mi lado emocional ni tampoco mi racionalidad, sería como partirme en dos. No puedo desconocer mi lado mentat, ni tampoco ser un cerebro en un frasco. Soy mentat y soy bene gesserit a la vez, quizás incluso boddhisatva. Está todo dentro mío. Soy eso. Y aprender a vivir con mis desgracias y virtudes, mis mil vidas internas, es parte del juego.

Es necesario masticar la vida desde otra lado, cambiar la forma de ver las cosas. Perder estructura, reencontrarme con mi niña interior, volver a jugar una vez más. Descubrir que la música cura, que llorar libera, que ayudar a los demás me ayuda también a transformar mi dolor en algo constructivo, que se puede elegir rodearse de gente linda (por dentro), gente que te quiere, gente que te cuida.

Y sí, también vuelve el bajón, vuelven los golpes, claro, porque no pido una vida perfecta sino una vida real. No una vida plástica, llena de gente imbécil como esta mina. Y si puedo aprender a confrontar sin lastimar, liberar a los demás y a mi misma de un poco de sufrimiento, y que cada vez que me entrego y muestro al mundo como soy y me incendio en el proceso (sabiendo concientemente que iba a pasar pero sin querer evitarlo) yo lo sienta como algo agradable. Porque ya sabemos, el fénix renace cada vez.

sábado, 12 de febrero de 2011

Cómo nos cagaste, Buda

Estabamos por ahi, amuchados como siempre, sufriendo igual que desde el principio de los tiempos, y apareció día Siddharta Gautama (Buda, para los amigos) y nos cagó. Así de simple, aunque no tan literalmente.

Un buen día este buen señor nos explicó que sufrimos porque tenemos deseos (tanhā) y que la clave pasaba por extinguir la causa. Elegí mejor, y no vas a sufrir, digamos. No deseo, si uno es simplista. Quizás hay que leerse el Canon Pāli entero, y en lo posible en sánscrito, para poder avivarse cómo funciona eso de no-deseo.

Hay momentos en que creo (cree... pobrecita) entenderlo. Intento que las cosas sean, no aferrarme, no esperar, entender mejor para qué. Esos días, tengo otra energía. Me dura un rato. La paso bien con mi taza de café, con una caminata en silencio, riendome inocentemente con una charla de amigos, lavando los platos o cocinando 2hs para una cena exclusiva para mí. Es lo que hay, y me parece bien. Hacer sin cuestionar (tanto) y valorar la experiencia.

Ojo, no hablo sólo de no desear cosas materiales (un LCD de 80 pulgadas, vacaciones en Bali, dos palos verdes en el banco, un convertible), sino tambien de las relaciones humanas. Acá es cuando empiezo a hacer agua por todos lados.

Con las cosas materiales no tengo drama: honestamente, no preciso la super tele, ni un auto último modelo, no dejo de dormir si no tengo un jean nuevo este mes. Me da igual. Podría vivir en una casita tranqui, en una versión más hippie que la que llevo. Cierto, no lo hago. Pero no se me para el mundo si algún día me llega ese momento. Ok, teléfono, Internet, computadora, todo eso es cómodo, mi laburo y demás, pero vivimos millones de años sin eso sin que pasara nada.
Pero no me viene el deseo. Tengo lo que tengo por comodidad, por inercia, por no oponerme, pero no necesariamente por búsqueda continua.

El problema es lo demás. Nadie me explicó qué es realmente el desapego, el no-deseo con otros seres vivos. ¿Es no conectarse? ¿Es que no te importe nadie o que te importen todos?

Ojalá los demas sufrieran menos también. Amar a todos pero no aferrarse. Ser un potus desconectado del mundo, porque uno elimina el deseo de tener (gente) o bien ser toda la energía y conectar, construir. No se la respuesta. La versión planta es lo mismo que ser una piedra. Creo que te perdés lo mejor que es conectar con otros.

La versión apegada tambien es complicada. Y si encima uno le quita el filtro de "aqui y ahora", se pone peor: te aferrás a lo que podría venir, a la idea de lo que podría ser, al proyecto que te gustaría que pasara, a la expectativa, al control de lo que no puede ser controlado, a la incertidumbre y te aferrás más y más a ... la nada, al futuro.

Yo digo, Buda, nos podrías haber hecho las cosas un poco más fáciles... Nos tiró la idea (
āryāṣṭāṅgamārga), pero nos dijo mucho más. Y ahora los simples mortales, no tenemos ni idea. Alguien por favor que me explique...

miércoles, 9 de febrero de 2011

Wake up

Palabras de sabio: "¿Que esperas para tener esa persona que te patea el culo hasta que seas mejor con vos misma?".


No se, Yoda, no se. Activarme. Un día de estos me salta la térmica y reacciono.

martes, 8 de febrero de 2011

Tinieblas

Me desperté en las tinieblas. Tengo los demonios complotados, haciendo una huelga de hambre en medio del living. Me miran y se cagan de risa. Hoy vinieron todos juntos.

Intenté ocultarlas, pero ellos saben. Se dan cuenta. Me las quitan y ponen las cartas sobre la mesa. Las miran con cuidado. Siento la mirada inquisidora. Es la previa a la carcajada masiva. A la humillación por decirme una vez más algo que no quiero escuchar.

No, por favor no me digas eso. No me digas que falta algo. No me digas que no alcanza porque no sabría qué más. Soy esto, es todo lo que tengo. Lo que hasta ayer era una escalera, hoy parece no tener conexión alguna. Hay nena... ¿te pensaste que había algo? Pobrecita. No... ¿recién ahora te diste cuenta que no sabés entender las señales?

Respiro profundo. Me concentro en que se alejen, pero de nada sirve. Lo sé muy bien. Cuanto más intente empujarlos, más vienen. Se quedarán ahí conmigo para mostrarme cuánto soy capaz de equivocarme. Se escurren las sonrisas. Se esconde con miedo la energía contagiosa. Por adentro me acurruco y espero. Ya se van a ir, ya me voy a amigar. Okey, quizás sí, quizás exageré. Yo miro las cartas de nuevo, a lo lejos. Pero no... eso podría ser una escalera.

Otro me dice, te hiciste toda la película, pobre tontita, pensaste que tenías alguna chance. Yo sólo lo miro. De nada sirve explicarle. Ellos saben. Yo repito mi mantra una y otra vez. Me digo para que ellos me escuchen, que no es cierto. Que esta vez me parece que no. No sé si lo hacen por deporte o porque realmente tienen razón. ¿De qué sirve? Tengo cero control sobre las cosas. Tengo que dejarlas ir. Que sean. Que vengan, que hagan lo que quieran.

Me mira y se me ríe en la cara. Uno de ellos sopla apenas, es una brisita, y se me van todos los colores. Quedó todo en blanco y negro y parece tan trágico. Me viene un mar de lágrimas y es poco lo que puedo hacer para contenerlo. Veo sólo oscuridad. Preciso un abrazo pero estoy sola, hasta el perro me mira de lejos. Sí, sí, pedí. Dale. Esperá, total, si total da igual.

¿Soy capaz de confundirme así? Sí, y más también. Extraño lo que no tengo. O quizás extraño la idea de poder tenerlo. Es joda, como vas a extrañar algo que no tenés. Si te aferrás, seguro viene alguien corriendo y te dice es miiiiiio. Y se va más rápido de lo que te das cuenta. Si tan sólo fueramos menos complejos... Pero no lo somos.

Estan todos sentados, ahí, en filita. Les reconozco la cara. Tantos años conmigo, ya los distingo hasta en los sueños.

Cuánto habré hablado sin respuestas. Cuánto de más habré dicho en la vida. Cuántas cagadas me habré mandado sin siquiera darme cuenta. Cuántas veces miré si sonó el teléfono y yo no lo escuché. Cuántas lágrimas, cuántas distancias. Estoy condenada al entrenamiento continuo en el infierno. Me paso el equilibrio por el orto. Se me va toda la paz, toda la felicidad. Yo no me merezco esto. Me doy cuenta que es uno de ellos hablando, no soy yo.

Sumergida en la oscuridad de las tinieblas, respiro profundo. Sí, soy paciente. Sí, que sea lo que sea.Soy una tarada. Los demonios me quieren confundir. Lo sé. Me calmo. Arrastro las neuronas un poco para que reaccionen. Lo dejo a todos sentados ahí, mirándome.

Yo en verdad, no pido mucho. El príncipe se puede volver en su caballo. Hay un par de dragones por ahí, pero qué importan. Nadie va a venir a cazarlos, y para qué, por cierto, si total no hacen nada. Llevate lo que quieras, si total, para qué los quiero yo.

Uno de los demonios intenta convencerme de que soy una de esas a las que no le toca. La que se queda ahí al costado, invisible. Quizás tiene razón, pero no quiero pensar que sí. Mejor es mentirme. Necesito que me vuelva el color. No quiero un día gris. Que alguien venga a abrazarme, ya mismo.

domingo, 6 de febrero de 2011

De los demonios (1)

Hoy charlaba con un amigo acerca de las reacciones. Y como mi cerebro tiene conversaciones a veces con sí mismo en paralelo, me quedó dando vueltas el tema después.

Es inevitable, muchos creen tener respuestas de manual para ciertos momentos. Y teorizamos acerca de como debería reaccionar frente a algo. Si yo estuviera en tal situación, haría tal cosa. Lo mejor en caso de X es hacer esto. Como si las situaciones fueran siempre iguales, como si fuera posible controlar realmente las variables para convertirla en un experimento similar al vivido antes. Si pudieramos, claro, aplacar la mente y calmar a los demonios internos en cada momento.

Honestamente, creo que se requiere de un control interno muy fuerte para controlar como reaccionamos frente a ciertas emociones.

Claro, existen aquellos con madurez emocional como para pensar de antemano y programarse de tal forma que frente a un estímulo (en general negativo), hacen el mismo X que podrían haber sacado de su manual de reglas internas marca Acme. Lo cierto es que cada uno tiene su manual. Y a veces, manual en mano, uno de tus demonios, o un fantasma del pasado o un nuevo especímen que aparece en escena, se te caga de risa y te dice: "¿Querías que ESO no te importe? Tomá! Ahora quiero ver qué haces!"

Para la mayoría de los mortales, entre los que me incluyo, las reacciones suelen ser más desaforadas, enérgicas, blanco-negristas, poseídas de la antorcha de la justicia, con todos los demonios complotados en conjunto. Al menos... todo ese escándalo ocurre mínimamente dentro nuestro interior. Y en algunos casos, se puede ver claramente de la cabeza para afuera.

Algunos, "ven" (para adentro) esta batalla interior y en pos de la paz mundial o el equilibrio interno, optan por evitar la confrontación. O la dejan pasar (hábiles ellos). O bien tras no reaccionar por decenas de veces, terminan explotando por acumulación: años de teclear 4, 8, 15, 16, 23, 42 y un día te olvidaste y estalla todo por los aires. Te sale una úlcera, un infarto, o bien salen a ametrallar gente. O se despiertan con ganas de... pero (por suerte) sin la bomba o la ametralladora.

Los más sabios la dejan pasar de una manera más, como decir, casi profesional. Ni siquiera se ofenden. No tienen ni siquiera la reacción. Si tan solo pudiera....

A veces pienso que tener la reacción al menos internamente es sano, porque te hace sentir vivo.
Ya hasta quiero a mis demonios, les tengo cariño, compasión y odio a la vez. Esa sensación de estar vivo, con una especie de adrenalina por la justicia (¿?) me tranquiliza también. Y me convenzo que la sabiduría pasa por aplacar los demonios (sí, claro, se cagan de risa de mis intentos), intentar pensar con algo de objetividad (¿?) y "emitir algo" sólo cuando es necesario.

Hay que aprender a elegir las batallas. Tanto que no vale la pena y sobre lo cual perdemos tiempo y energía. Algunas, y esto es mucho más triste, no son ni siquiera batallas. Son producto de nuestros demonios.

Ahora, yo digo: Si no puedo hacer desaparecer a mis demonios, si se bañan en mierda y yo tengo que arrastrarlos conmigo, y sólo puedo negociar con ellos para que me molesten lo menos posible, y tampoco puedo evitar que reaccionen frente al mundo... como mínimo, pretendo que me den la chance de separar lo que ellos piensan de lo que yo querría pensar, y entonces, ahí, sentir que tengo algo de control sobre cómo actúo.

¿Es mucho pedir?

sábado, 5 de febrero de 2011

El perro y nosotros

Lo que sigue a continuación es una historia real. Real en todo sentido. Le puede pasar a cualquiera de nosotros, así que lean con cuidado.

Una mañana normal de verano, entre semana, en la isla en Tigre, dos perros, dos niñas, dos familias vecinas por casualidad veraniega se despiertan con normalidad, sin imaginarse lo que les deparaba el destino.

En una de las dos casas, vive temporalmente el Señor P. con alguno de sus parientes. Señor P. (o su familia), tienen varios perros que trajeron de vacaciones con ellos durante el mes en el Tigre, pero el protagonista de nuestra historia es uno, que llamaremos Oveja. Oveja es un caniche, un lanudo especímen canino que tuvo la desgracia de estar en el momento equivocado, en las circunstancias equivocadas.

Las niñas, 5 y 7 años de edad, paseaban cerca de la casa de Señor P. y Señora S., nuestra protagonista del otro lado de la historia. Señor P. tuvo la brillante idea de atarle una soguita a Oveja, y dárselo para que paseen por los verdes prados del Delta a las dos niñas.

Una de las niñas es la nieta de Señora S. Señora S. vive en la isla hace muchos muchos años. Uno de los miembros de su familia es nuestro protagonista perruno faltante, que llamaremos Coco. Coco es un labrador, uno de esos perros gorditos, afables, amigo del pueblo, que viene a visitarte para comer restos de asado. Uno de esos perros olorosos y buenazos que nunca hacen nada malo. Coco es bueno con todo el mundo, pero le encantan los chicos. Y le encantan más todavía cuando son de su familia.

Las niñas caminaban con Oveja atadito. Había otros adultos cerca, que nunca imaginaron lo que pasó a continuación. Coco decidió sumarse y caminar con todos. La tragedia no anunciada se inició cuando Coco, cegado por un instante de celos, levantó a Oveja por los aires y lo sacudió un instante. No precisó mucho: una sacudida, ningun rastro de sangre, ninguna prueba que lo comprometa. Sin darse cuenta que su acción ("Estoy enojado, son mias, no tuyas, mejor no me molestes") iba a tener un impacto enorme en los hechos que iban a ocurrir después. Inocente Coco... si hubieras sabido.

Por esas cosas del destino, una de los personajes adultos que estaban ahí en ese momento, era veterinaria. Digamosle V. para simplificar. Impactada por la situación, V. revisa a Oveja y se da cuenta que no respiraba. Ahí sin más, en medio del pasto, las nenas paradas soguita en mano, Coco mirando, los grillos cantando, V. le hace masaje cardíaco y respiración boca a boca a Oveja.

Oveja revive. El susto fue mayúsculo. Coco sacudiéndote puede ser impresionante. V. lleva a Oveja a la casa, lo revisan, lo medican, lo controlan. Le avisan a P. y a sus parientes. La Señora S., su marido y V. deciden llevar a Oveja que estaba todavía en shock a una clínica veterinaria de alta complejidad para asegurarse que todo evolucione bien.

Oveja, El Señor S, V. nuestra veterinaria, y alguien de la familia del Señor P. agarran lancha, auto y velocidad, y van hacia la clínica. Una cuadra antes de llegar, Oveja dice basta. Tiene otro ataque cardíaco y esta vez nuestra veterinaria no puede salvarlo.

En shock, vuelven todos de nuevo para la isla. Todos impresionados. Una historia triste. Oveja que muere del susto, Coco que reacciona con celos y amor inocente. Señora S. muy apenada, Señor P. también. No cruzan muchas más palabras en ese mediodía. A la noche, cuando el recuerdo de la tristeza de la mañana estaba todavía en la punta de la lengua, pasa la segunda parte de nuestra historia.

Hagamos una pausa aquí. Es importante dedicar unos instantes a la reflexión. Pensemos qué haría cada uno de ustedes si fueran el Señor P. o la Señora S. Pensemos escenarios posibles, reacciones. Supongamos... Señor P. podría enojarse, podría ir hecho una furia a la casa de Señora S. Podría decirle comprame otro perro. Podría putear sin esperar nada a cambio. Podría vivirlo en silencio. Podría llorar. Podría pensar que son cosas que pasan, desgracias en el mundo animal, sin pensar en mala intención de nadie, y menos aún de Coco que no tiene idea alguna de todo esto.

Ok. ¿Ya decidieron cómo hubieran reaccionado ustedes? Entonces les cuento la otra parte de la historia.

Era la noche. Señora S. sentada en el living de su casa, Señor S. al lado, viene Coco y se acuesta por ahi en el piso, quietito, sin llamar para nada la atención. Pasa un rato, quizás media hora, y Señora S. se levanta del sillón y va a buscar un vaso de agua. Cuando vuelve, en shock, ve un charco de sangre alrededor de Coco.

Horrorizada, sale corriendo a buscar a V., la veterinaria. Sin poder creer lo que pasa, lo revisan y se dan cuenta que fue apuñalado. Leyeron bien, apuñalado. No podemos, claro está, ir con dedo acusador y culpar al Señor P... pero a veces las casualidades son tan tan grandes que poco queda por decir.

Coco perdiendo sangre, sin entender porqué le pasaba algo como eso, decidió ir a morirse a los pies de sus dueños. Sin avisar, sin quejarse ni emitir señal alguna, fue y se acostó ahí. Otra vez todos corriendo, llevaron a Coco a una clínica de super alta complejidad. Toda la noche en el quirófano, 2 cirujanos, una anestesista, panza abierta de par en par para curarle las heridas. Se pasó tres días internado, deprimido por la situación, dolorido, tomando parientes de la morfina, sin poder ver a sus dueños y sin muchas ganas de nada.

Volvió a su casa y se quedó encerrado por casi 3 semanas, en parte para curarse y otro tanto para evitar que Señor P., viendo que su acción no tuvo el efecto deseado, vuelva a intentarlo. Hace unos días, Coco es libre nuevamente. El Señor P. y su familia terminaron sus vacaciones. Pero Coco quedó un poco shockeado. Puede salir y hacer su vida como antes, pero se queda adentro. Pensando que eso es lo que sus dueños quieren, ya que lo obligaron a encerrarse en penitencia durante tantos días.

Estamos rodeados de gente como Señor P. Gente que un día pira mal, y caga a patadas a su mujer porque no le gustó lo que cocinó. Gente que en una discusión automovilística, saca un arma y te pega un tiro. Gente que incendia a su pareja. Gente para la cual la violencia es algo normal. Gente que no mide sus reacciones. Gente que cree que está bien apuñalar a un perro porque el suyo se murió del susto en una "discusión" animal.

Hay gente que no merece llamarse persona. Y sin embargo están ahí. Coco sobrevivió (foto reciente aquí) y todavía no entendió lo que le pasó. Cómo explicarle que hay gente que reacciona peor que un animal.

jueves, 3 de febrero de 2011

Tears in Heaven

Es un momento Clapton Unplugged. Me abrí una cerveza helada y reflexiono (porque no da para otra cosa) mientras escucho Lonely Stranger (video aca, letra acá). La gente estalla en la versión en vivo y yo me pregunto qué recordamos de nuestro pasado.

Qué cosas hicimos. Qué hicimos hoy que nos define como personas. Qué querríamos recuperar. Qué aprendimos. Qué errores cometimos. Qué queremos cambiar. Qué queremos encontrar.

¿Seguimos sorprendiéndonos cada día como si fuera el primer día que experimentamos algo, o nos acostumbramos porque es lo que hay?

¿Perdemos la alegría cuando nos acostumbramos a las cosas de todos los días?

Ojala hubiera una forma de despertarse del letargo y concentarse en cada instante. O sea... existe, pero me cuesta un huevo. No me puedo concentrar en el fin sino en el camino, en hacerlo y punto. Do, or do not. There's no try.

Hago un esfuerzo conciente para disfrutar con alegría este momento kodak. Nada en particular, es uno más. Sólo que presto atención. Alegría a pesar de ver sufrimiento. Con la mochila propia al hombro, intentando que sea lo más liviana posible, para poder transitar un mundo lleno de gente con cargas terribles.

Tengo un amigo que cree que la liberación pasa por convertirse en Potus. Ser. Estar ahi. Cero demandas, cero vinculo real. Me enojo. Eso es escapar. Eso no es estar en el aquí y ahora. Eso no es desapegarse ni unirse a todo, ni comulgar con el universo y dejar de sufrir. Entiendo la opcion pero no la elegiría por ese lado. ¿Solucionamos algo siendo una planta?

Si puedo entender la compasión, si puedo conectarme, ayudar a alguien que me necesita.... Si puedo reconocer mis errores, pedir disculpas, poner puentes donde antes los quemé, entonces quito un poco de sufrimiento del mundo. No salvo a nadie, seamos sinceros. Con un poco de suerte a mi sola y gracias. Pero las plantas tienen menos participación. No hacen nada de todo eso. Yo decidí no ser planta. Tampoco pretendo ser salvadora. Me conformo con intentarlo de vez en cuando.

¿Porqué no todos ven esto? Creo que es un problema relacionado a cómo reaccionamos frente al mundo y lo que pasa. Podes conmoverte, podés rendirte, podes luchar, podes negar, podes aceptar, podes sonreir, puede importarte un carajo. Hay tantos otras posibilidades...

Entre medio, y mientras reaccionamos frente a lo que vemos, hay gente que vive cosas muy jodidas. Gente al lado tuyo. Gente que perdiste el rastro. Gente que nunca imaginarías que tiene quilombos mal, porque incluso a pesar de eso, sigue sonriendo. Tu vida, tu quilombo puede ser una desgracia mayúscula y una pavada para el de al lado. Todos somos igual de importantes. Igual de trágicos.

Algunos más preparados que otros, se pondrán la mochila de salvar el mundo. Otros dirán con lo mío tengo más que suficiente. No puedo decir que uno esté mejor que otro. Yo solo digo, me apena no poder ayudar a todos los que querría ayudar. Salvar a quienes lo precisan más urgentemente. Me apena ver dolor y ver resignación.

No pierdo la esperanza. Sigo intentando mantener mi alegría interna, para que me de fuerzas para distinguir a aquel que debe ser ayudado, y descubrir con sabiduría cuál es la forma de hacerlo.

Escucho Tears in Heaven pero no lloro. Sonrío. There's a way.

There's no such thing as magic

Escena de hoy: iba en el tren hacia el centro. Tren llenito, yo sentada, miraba por la ventana, desenchufada del mundo escuchando música. Y en eso me agarró un rapto filosófico de esos que me aparecen de vez en cuando... Lo que sigue es algo mas o menos (in)coherente producto de ese momento.

Los arbolitos pasaban rápido. Aparecían imágenes desenchufadas de otras realidades, gente colgando la ropa, gente en la calle, un tipo en short de correr, elongando contra la baranda de la estación de tren (tiene la altura perfecta por cierto), autos apurados esperando cruzar, gente desaforada, gente acalorada, gente sonriente, gente cabizbaja. Perros. Viejos. Parejitas apretujadas. Más autos. Paredones. Unos caballos correteando en el hipódromo.

En eso... el tren se para en seco, en medio de la nada. Mínimo, 10 minutos. Y ahi... apareció la magia.

Una escena "normal" hubiera sido gente inquieta, preguntandose que pasa, mirando por la ventana, googleando desde sus telefonos a ver si pasó algo. En cambio, algunos hasta se sonrieron. Se tomaron un recreo. Nadie protestó, ni preguntó a ver si alguien sabía, ni fueron adelante a protestarle al chofer del tren. Era un momento perfecto de magia comunitaria. De miradas sin palabras.

Fue tan solo un recreo de 10 en la locura del tren retiro tigre a las 930 de la mañana.

lunes, 31 de enero de 2011

Si pudiera

Si pudiera, detendría el tiempo para saborear un poco más este instante.

Si pudiera, grabaría este momento en mi mente para que no se escape cuando pasen los años.

Si pudiera, viajaría miles de kilómetros con un abrir y cerrar de ojos, para estar aunque sea unos segundos y poder vivir todo lo que me estoy perdiendo.

Si pudiera, cerraría los ojos y calmaría mi espíritu. Le diría a mis ideas, no, ahora no. Y lograría sin esfuerzo serenarme e iluminarme. No lo logro. Sin concentrarme en el destino, intento una y otra vez concentrarme en el presente para que tarde o temprano, sin avisar, aparezca.

Si pudiera, explicaría a los crédulos que no existe la justicia, que hay gente desquiciada suelta.

Si pudiera, enseñaría por ahí que la frustración y la sorpresa, son dos emociones que aparecen sin avisar, y que es fantástico que así lo hagan, porque sino sería absolutamente aburrido todo.

Si pudiera, leería la mente de Arroba en este momento, mientras juega con una piedra en el medio del living y me intenta explicar algo con la mirada.

Si pudiera, te diría que tengo todo el tiempo del mundo, que no hay apuro, que no vale la pena desesperarse. Si tan sólo eso sirviera para que mi ansiedad no me persiga, para concentrarnos en aquí y ahora y darnos cuenta que es lo único que tenemos.

Si pudiera, usaría mi poder para que reaparezca la magia en los ojos de los demás. Porque si viéramos el brillo en cada cosa, la pasaríamos tanto mejor. Correríamos menos buscando la felicidad en el futuro, en un objeto, y quizás hasta dejaríamos de aferrarnos a los fantasmas del pasado y los temores del mañana.

Si pudiera, pondría música a cada situación, y en algunas, silencio, para que el espíritu llene el espacio que falta. Regalaría lápices de colores, o crayones que es más divertido, e invitaría al mundo a que le ponga color a su vida.

Si pudiera, caminaría bajo la lluvia sin paraguas, sin que me importe mojarme. Pondría bicicletas y sacaría los autos. Llenaría de verde las paredes y los techos.

Si pudiera, recordaría el día que aprendí a leer. Retrocedería a buscar la primera palabra que pronuncié. Miraría por vez primera a cada persona, me arrepentiría de cada prejuicio que tuve, sonreiría frente a cada equivocación, sería mas comprensiva conmigo y más compasiva con los demás.

Si tan sólo pudiera.

Paisaje de fantasía

Mandemos otra antorcha de las cosas como son para los redactores de La Nacion que escribieron la nota "... Y nos fuimos al campo".

Ya desde la foto me dan ganas de tirar napalm. Si sí. la imagen típica de una familia argentina. En fin. Realidades paralelas, que le dicen.