Me desperté en las tinieblas. Tengo los demonios complotados, haciendo una huelga de hambre en medio del living. Me miran y se cagan de risa. Hoy vinieron todos juntos.
Intenté ocultarlas, pero ellos saben. Se dan cuenta. Me las quitan y ponen las cartas sobre la mesa. Las miran con cuidado. Siento la mirada inquisidora. Es la previa a la carcajada masiva. A la humillación por decirme una vez más algo que no quiero escuchar.
No, por favor no me digas eso. No me digas que falta algo. No me digas que no alcanza porque no sabría qué más. Soy esto, es todo lo que tengo. Lo que hasta ayer era una escalera, hoy parece no tener conexión alguna. Hay nena... ¿te pensaste que había algo? Pobrecita. No... ¿recién ahora te diste cuenta que no sabés entender las señales?
Respiro profundo. Me concentro en que se alejen, pero de nada sirve. Lo sé muy bien. Cuanto más intente empujarlos, más vienen. Se quedarán ahí conmigo para mostrarme cuánto soy capaz de equivocarme. Se escurren las sonrisas. Se esconde con miedo la energía contagiosa. Por adentro me acurruco y espero. Ya se van a ir, ya me voy a amigar. Okey, quizás sí, quizás exageré. Yo miro las cartas de nuevo, a lo lejos. Pero no... eso podría ser una escalera.
Otro me dice, te hiciste toda la película, pobre tontita, pensaste que tenías alguna chance. Yo sólo lo miro. De nada sirve explicarle. Ellos saben. Yo repito mi mantra una y otra vez. Me digo para que ellos me escuchen, que no es cierto. Que esta vez me parece que no. No sé si lo hacen por deporte o porque realmente tienen razón. ¿De qué sirve? Tengo cero control sobre las cosas. Tengo que dejarlas ir. Que sean. Que vengan, que hagan lo que quieran.
Me mira y se me ríe en la cara. Uno de ellos sopla apenas, es una brisita, y se me van todos los colores. Quedó todo en blanco y negro y parece tan trágico. Me viene un mar de lágrimas y es poco lo que puedo hacer para contenerlo. Veo sólo oscuridad. Preciso un abrazo pero estoy sola, hasta el perro me mira de lejos. Sí, sí, pedí. Dale. Esperá, total, si total da igual.
¿Soy capaz de confundirme así? Sí, y más también. Extraño lo que no tengo. O quizás extraño la idea de poder tenerlo. Es joda, como vas a extrañar algo que no tenés. Si te aferrás, seguro viene alguien corriendo y te dice es miiiiiio. Y se va más rápido de lo que te das cuenta. Si tan sólo fueramos menos complejos... Pero no lo somos.
Estan todos sentados, ahí, en filita. Les reconozco la cara. Tantos años conmigo, ya los distingo hasta en los sueños.
Cuánto habré hablado sin respuestas. Cuánto de más habré dicho en la vida. Cuántas cagadas me habré mandado sin siquiera darme cuenta. Cuántas veces miré si sonó el teléfono y yo no lo escuché. Cuántas lágrimas, cuántas distancias. Estoy condenada al entrenamiento continuo en el infierno. Me paso el equilibrio por el orto. Se me va toda la paz, toda la felicidad. Yo no me merezco esto. Me doy cuenta que es uno de ellos hablando, no soy yo.
Sumergida en la oscuridad de las tinieblas, respiro profundo. Sí, soy paciente. Sí, que sea lo que sea.Soy una tarada. Los demonios me quieren confundir. Lo sé. Me calmo. Arrastro las neuronas un poco para que reaccionen. Lo dejo a todos sentados ahí, mirándome.
Yo en verdad, no pido mucho. El príncipe se puede volver en su caballo. Hay un par de dragones por ahí, pero qué importan. Nadie va a venir a cazarlos, y para qué, por cierto, si total no hacen nada. Llevate lo que quieras, si total, para qué los quiero yo.
Uno de los demonios intenta convencerme de que soy una de esas a las que no le toca. La que se queda ahí al costado, invisible. Quizás tiene razón, pero no quiero pensar que sí. Mejor es mentirme. Necesito que me vuelva el color. No quiero un día gris. Que alguien venga a abrazarme, ya mismo.
Ay, yo voy a abrazarte!!!
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